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venres, 17 de agosto de 2012

banu qasi. los hijos de casio


Se hallaban en una vasta sala cubierta de anaqueles de madera sobre los que se acumulaban miles de volúmenes. Los grandes ventanales orientados hacia oriente y poniente proporcionaban a la estancia toda la luz necesaria para el trabajo que se desarrollaba en su interior. Enormes mesas de madera se extendían a lo largo de toda la estancia, en dos filas paralelas que permitían el trabajo de docenas de copistas que en aquel momento se afanaban sobre sus pergaminos.
- Mediante aquellos pesados cortinajes regulamos la cantidad de luz ... y la temperatura. El verano es más caluroso aquí que en nuestra tierra.
- ¿Cuál es tu labor aquí? – preguntó Musa.
- En este momento me encargo de elaborar un catálogo de las obras que ves. No están todas aquí, hay otras salas y almacenes. No hemos terminado, pero estimo que los fondos sobrepasarán los cien mil volúmenes.
- ¿Y qué es lo que copian? - preguntó señalando a quienes en aquel momento trabajaban con diligencia sobre sus bastidores.
- Muchos códices están tan deteriorados que es preciso copiarlos antes de permitir su consulta. Y no resulta fácil en todos los casos: muchos de ellos están escritos en lenguas en desuso, y es necesario disponer de traductores capaces de realizar el trabajo. No es una labor puramente mecánica: hay tratados que no pueden traducirse de forma correcta sin un profundo conocimiento de la materia sobre la que versan. Por eso aquí se reúnen los más grandes eruditos de Occidente, e incluso algunos venidos de Constantinopla, Damasco o Alejandría.
- ¿Y con qué objeto? - preguntó Musa extrañado.
- La principal forma de incrementar nuestras obras es el intercambio con otras bibliotecas del orbe entero. En este momento, Abd-al Rahman cuenta con cientos de emisarios repartidos por todos esos lugares que te comento, pero también en la sede papal de Roma, en cenobios de la Galia y en la propia corte del emperador. Viajan con libros copiados en nuestros talleres, que intercambian por otros ejemplares de los que carecemos. A veces son ellos mismos quienes copian los volúmenes, por lo que su retorno se demora años.
Avanzaron entre las mesas, intercambiando saludos con los calígrafos.
- No sólo resulta fructífero el intercambio de volúmenes: también adquirimos nuevos conocimientos sobre los procedimientos de confección de pergaminos, incluso de tintas y cálamos. Todo el material que ves aquí se fabrica en nuestros propios talleres.
Abandonaron la gran sala situada en el primer piso del edificio y descendieron una amplia escalinata de mármol que les condujo al zaguán empedrado. Atravesaron un amplio patio en cuyos laterales se abrían grandes puertas de madera y se dirigieron hacia una de ellas. Les recibió un penetrante olor, y Musa hubo de esforzarse para que su rostro no manifestara el desagrado que le producía.
- Las pieles se maceran en cal durante tres días – explicó Ziyab al tiempo que señalaba una enorme pila llena de un caldo lechoso. Luego se raen cuidadosamente por ambas caras para eliminar restos de pelo y se depositan en aquel secadero que ves al fondo. Después aún se lijan con piedra pómez para hacer desaparecer todas las irregularidades. Y éste es el resultado. –Ziyab tomó una piel completa y lisa que todavía conservaba la forma del animal, y se la tendió a Musa, que pasó su mano para apreciar la suavidad del tacto-. El proceso continúa en otra dependencia. Te lo mostraré.
Con alivio por parte de Musa al abandonar aquella nave pestilente, recorrieron la pequeña distancia que les separaba del edificio que se abría en el lado opuesto del patio.
Esta vez el olor era acre, pero ya no resultaba desagradable.
- Aquí se obtienen los bifolios de pergamino, normalmente cuatro por cada piel, que equivalen a un cuaderno o cuaternión, que es la construcción usual.
Musa tomó uno de los que se acumulaban sobre el tablero de madera.
- El bifolio exterior presenta hacia fuera el lado de la piel, ¿lo ves? Dentro quedan enfrentados los dos lados de la carne, y esto se repite con los otros dos bifolios – aclaró Ziyab ayudando a Musa a pasar la página.
Era evidente que Ziyab disfrutaba con aquello, y Musa asentía interesado a sus explicaciones.
- Sígueme, vamos a ver cómo se prepara el cuaderno para la escritura.
Se aproximaron a una zona mejor iluminada que el resto, donde se inclinaban sobre la mesa varios operarios provistos de punzones y escuadras de madera.
- Aquí se procede al pautado del folio para fijar el formato del libro y la caja de escritura, de acuerdo con las necesidades del copista que lo va a utilizar. Con el punzón atraviesan el pergamino y, guiados por los pinchazos, trazan la pauta con una punta roma. ¿Ves? Las rayas horizontales guían el trazado de las letras, y las verticales delimitan la caja del texto. Observa cómo lo hace este muchacho.
- ¿Y tienen que hacerlo una a una?
- No, suele hacerse de dos en dos. Se raya en folios superpuestos, y en la capa inferior queda la marca como un calco.
- Un trabajo meticuloso – observó Musa.
- Aquí se almacenan los cuadernos listos para su traslado a la sala de escritura – explicó Ziyab apoyando su mano en una pila de ellos.
- ¡Cuánto esfuerzo para obtener un beneficio tan diferido! Es digno de encomio.
- Tienes razón, por eso son tan pocos los capaces de realizar esta tarea. Demasiado tiempo de esfuerzo y aprendizaje cuando las necesidades aprietan y hay que buscarse el sustento. Los libros transmiten el saber antiguo, la doctrina religiosa, los conocimientos de otras gentes, pero antes de alcanzarlos, ¡cuánto trabajo y cuántos sudores! Por eso estas dependencias que te he mostrado son una isla dentro de un océano que el emir cuida con mimo y esfuerzo.
En aquel momento un oficial entró en la sala donde se encontraban. Por su actitud parecía buscar a alguien con urgencia y, cuando vio a Ziyab, su gesto expresó alivio y se dirigió hacia ellos a grandes zancadas.

extracto da  novela de Carlos Aurensanz; fala do "terceiro rei de Hispania," unha figura chave no s. ix 
AURENSANZ, CARLOS. Babu Qasi. Los hijos de Casio (2009), pp. 383-385.
REFERENCIAS: 
(...)

domingo, 18 de marzo de 2012

los asesinos del emperador

Los asesinos del emperador, a primeira novela dunha triloxía, trata de Marco Ulpio Traxano, o primeiro emperador de Roma procedente de Hispania e o que levou a acadar a súa máxima extensión territorial. Unha das preguntas que resposta o libro é que pasou na capita mundi para que se aceptara a un estranxeiro en posición tan senlleira? A novela fai un percorrido polo s. I ofrecendo un mosaico cheo de figuras tanto principais coma secundarias.
A maior parte das reseñas en papel e electrónicas coinciden en sinalar as bondades desta obra, que nos permite ir contextualizando o magna do que xuridiría a Callaecia.

Transcrición parcial da reseña de CARLOS GARCÍA GUAL en Babelia (10.03.12, p. 15): "Nos relata  el periodo de la dinastía de los belicosos Flavios, y muy en especial el ascenso y caída de Vespasiano, "malvado de lujo", tan cruel como Calígula o Nerón. En contraste claro se dibuja la figura de Trajano, virtuoso hispano, austero guardián de la frontera, para la oportuna salvación del imperio. Lo que da brío y carácter a una novela histórica es lal pintura de un época con colores vivos y detalles precisos y la recreación de personajes y escenas de intenso dramatismo. Posteguillo -que no es profesor de clásicas, sino un admirable lector de Shakespeare y de novelas inglesas modernas- maneja muy bien el usual entramado: es decir, los decorados tópicos: la corte, callejas y foro de Roma, el circo, las batallas con su estrategia bien estudiada, y también las oscuras cloacas y el monumental anfiteatro en construcción, y a la vez los actores, que van desde Domiciano y Domicia Longina a algunos gladiadores, y un montón de figuras menores de perfiles y caracteres singulares. Posteguillo impone al relato un ritmo trepidante, con un esquema trágico y folletinesco, de buenos y malos, con sus múltiples escenarios, un ritmo ágil que atrapa al lector a lo largo de esas mil y pico páginas. Todo sobre una esmerada y minuciosa documentación histórica, y con buen tino para citas memorables y pequeños detalles sugestivos."

Máis tarde, logo de relectura e reflexión, xa nos preguntaremos que valores nos interesan na Callaecia.

DATOS BIBLIOGRÁFICOS:
Los asesinos del emperador.  Santiago Posteguillo.  Editorial Planeta, Barcelona 2011.  Histórica.  1.195 páginas.  22,90 € (electrónico: 15,99€)

REFERENCIAS:
Páxina web do libro - http://www.losasesinosdelemperador.es/, onde se poden descargar as primeiras páxinas do libro.
Reseña en novelahistorica.net - http://www.novelahistorica.net/2011/11/los-asesinos-del-emperador-de-santiago.html.
Reseña e entrevista ao autor en CULTURAMAS.
Reseña e información relacionada en ELCRESOL.


vídeo da presentación do libro na biblioteca pública de "ontenyent"

mércores, 7 de decembro de 2011

o segredo do sétimo fillo

portada edición americana
De súpeto o neno alongou o brazo, colleu a pluma coa pequena man dereita e puxo o extremo sobre a páxina.
Moveu a man en círculos. A pluma raiou o pergameo ruidosamente. As letras eran grandes e torpes pero claras abondo para podelas descifrar:

v - a - s - c - o

-Vasco -dixo Paulinus cando escribiu a última letra.

s - u - a - r - i - z

-Vasco Suáriz -entonou Xosé-. Un nome portugués.
Entón xurdiron da súa xuvenil man uns números tamén infantís.

8 6 800 mors

- O octavo día de xuño de 800 -dixo Paulinus.
- Por favor, Xosé -interveu Iosephus-, comproba en que páxina vai Octavus. Que ano está a rexistrar?
Xosé mirou por enriba do ombreiro de Octavus e examinou a páxina:
- A última entrada é do sétimo día de xuño de 800!
- Bendito Deus! -exclamou Iosephus-. Están conectados como se fosen un só!
Cada un dos catro irmáns tentou descifrar a expresión dos outros á luz danzante das candeas.
- Sei o que están a pensar -dixo Magdalena-, e non podo consentir.
- Como pode sabelo, prioresa, cando nin eu mesmo o sei? -contestou Iosephus.
portada edición inglesa
- Pescude na súa ánima, Iosephus -dixo con escepticismo-. Estou segura de que sabe o que pensa.
Paulinus ergueu os brazos para protestar.
- Falan por medio de enigmas. Acaso non pode un vello ter a esperanza de saber de que están a falar?
Iosephus ergueuse lentamente para non marearse.
- Deixemos ao rapaz con Octavus durante un rato. Non fará nada malo. Gustaríame que os meus tres amigos se reunirán comigo arriba, onde poderemos ter unha conversa piadosa.


martes, 1 de novembro de 2011

o león do sol

Ballista mirou o deserto e a sementa dende a Torre da Desolación. A franxa de terra arada estaba ocupada polo exército de Odenathus. No deserto a nada, o deserto absoluto.
De levar unha simple túnica, coa brisa, case ía frío aquí arriba. Calgacus axudáralle a quitar a impedimenta. Inda que xa o fixeran antes, foi duro despedirse do vello caledonio, moi duro. Case unha vida de afecto sen palabras. Calgacus preguntáralle se non ía ver os nenos. Ballista dixo que non. Non tiña carraxe. Dilles que os quere. Dillo a ela tamén.
O vello marchou sen replicar.
Arriba na torre, Ballista esperara. Calgacus precisaba tempo para coller os cabalos e a roupa. O sol arrastrárase polo ceo. Finalmente, chamara un pretoriano para que levara unha mensaxe a Quietus.
Antes de marchar, Calgacus déralle as cousas. A mellor capa negra estaba aos pés de Ballista. Os útiles de escritura nas mans. Debía escribir algo. Unha carta aos nenos e a muller? Dependendo de cómo foran as cousas, sería terxiversada e usada en contra deles. Escribiu, “Legio III Felix”. Logo rachou do rolo a fina tira de papiro coas palabras e enroscouna nos dedos.
Ballista, co estilo nunha man e o anaco de papiro na outra, apoiouse nas ameas e tentou calmar a súa cabeza. As Norns teceran o seu destino. A duración da súa vida e o día da súa morte tiña sido fixada había moito tempo. Nada que puidera facer o destecería.
A súa mente non acougaba. Percorríana demasiadas preguntas, empurrando unhas contra outras. Viría Quietus? O máis probable – o cebo era a traizón, toleaba coa traizón. Chegara Maximus a Palmyra? Levárao Haddudad ata Odenathus? Crera o León do Sol a carta de Ballista? Estaba Maximus agora alí fóra mirando esta mesma torre dende algures no campamento? Non había forma de saber. Salvaría Calgacus os nenos e a Xulia? Sobre isto, o máis importante, sentíase estrañamente tranquilo. Non dubidaba de que Calgacus se desfaría do carcereiro e os seus axudantes. Por suposto Castricius poñeríaos a salvo a través da porta poterna. Haddudad debía á familia de Ballista todo tipo de hospitalidade. Case sorriu ao pensar en Julia e Bathshiba xuntos. E que pasaría con el, fracasaría ou sairía airoso?
E cando pasara todo, entón que? Había un alén? Os cristiáns semellaban certos diso. Mantíñaos a flote no encontro co aceiro e o lume. Ballista vira a resolución demente que lles daba. Pero non lle atopaba sentido. A resurrección do corpo – que parvada. Por que ía querer alguén volver vello e enfermizo, atormentado pola dor do que fora que te matou? E se tiveras elección, como funcionaría? Quererías ter trinta anos. Quererías estar coa muller de vinte anos a que querías daquela. Pero os teus fillos inda non terían nacido, e tamén quererías vivir con eles. En canto á muller, quizás o pasaría mellor con outro. Tería que ser un deus transixente para darlle a cada cristián o seu propio ceo.
O Valhalla ancestral de Ballista semellaba unha opción moito mellor: esa excitación que fai suar as palmas cada día antes da batalla. Sufrías dor pero logo as feridas sandaban milagrosamente, había festa cada noite – comida, bebida, poesía, amizade, e logo, cando as estrelas daban voltas no ceo sen fondo, o amor das mulleres. Pero incluso aquí, xurdían problemas, como O Malvado. Na nenez de Ballista, non houbera rastro de libros no salón do Pai Todopoderoso. Pero agora, sen ler, sería unha existencia estéril. E os nenos – non habería certeza de que estarían con el. E estar sen eles sería moito peor que perder todos os libros do mundo. Vinte e tres invernos no imperium cambiárano. Os nenos cambiárano.
Doulle fame. Chamou un pretoriano para que lle trouxeran algo de pan e queixo, e tamén algo de xamón. Despois de marchar o home, decatouse de que podería ser difícil conseguir xamón nunha cidade onde os nativos semellaban non comer porco. Inda así, os soldados romanos nunca tiveran sona pola súa sensibilidade con outras culturas.
Non ben tiña chegado a comida, xamón e todo, cando apareceu a cabalgata de Quietus pola rúa abaixo. O emperador traía vestimenta oriental e estaba acompañado por vinte cabaleiros emesanos suntuosamente ataviados.
Ballista comía cando o pretoriano trouxo un par de soldados. Rexistraron o norteño con tanta impertinencia como puideron. Quitáronlle a comida, apalparon a capa e os útiles de escritura coma se sospeitaran algo, e inspeccionaron meticulosamente a minúscula zona de combate por se houbese nalgures un arma agochada. Satisfeitos, un deles volveu escaleiras abaixo. Nin o outro nin o pretoriano lle quitaban ollo.
Ao emperador levoulle algo de tempo subir ata a cima da torre. Cando apareceu, estaba sen alento, apoiado no brazo dun oriental. Seguíaos outro pretoriano.
Apenas había sitio para que Ballista fixera a proskynesis.
Quietus afastouse do soldado. Os catros homes armados apertábanse na cima das escaleiras. Había só algo de espazo para o emperador e o seu prefecto do pretorio.
“Érguete.” A voz de Quietus amosaba mal xenio. “Mellor será que isto sexa certo.”
Cando Ballista se puxo en pe, colleu o anaco de papiro e o estilo. “Non podería selo máis, dominus.” Estirou a man co papiro retorto.
Quietus desenrolouno e leu. “O mensaxeiro dixo que dispararon isto sobre a muralla atado a unha frecha. É a identidade da unidade que desexa pasarse ao noso bando.”
“A primeira unidade que desexa prostrase ante a túa clemencia. Haberá outras,” dixo Ballista. “Ten sentido que sexa a Legio III Felix. Unha vexilatio da unidade xa te sirve.”
“E ti acordaches un sinal para confimar isto co arqueiro?”
“Debo axitar unha capa negra dende esta torre. Se se move unha capa semellante dende as liñas de asedio, a Legio III entrará na cidade pola Porta de Palmyra esta noite.”


SIDEBOTTOM, Harry: Lion of the Sun. London: Penguin Books, 2011; pp. 382-285


mércores, 24 de agosto de 2011

Hipatia de Alexandría

Pedro Gálvez, Hypatia
A consecuencia da peli Ágora de Alexandre Amenábar (2009) editáronse varios libros sobre a figura desta muller que viviu en Alexandría a finais do s. iv e principios do s. v AD. Sobre a súa vida e obra temos moi poucas referencias pero o pouco que nos chegou fala dunha persoa de extraordinaria importancia; e debeu tela, tendo en conta que todas as fontes escritas eran cristiáns, sendo ela pagana ou probablemente agnóstica.

Salió por el portalón de la casa, seguido de sus tres sirvientes, llegó a la esquina del callejón sin salida que iba a morir delante de su mansión, atravesó unas cuantas calles y fue a desembocar a la avenida de Canopo. Se sintió orgulloso de cabalgar por ella. Como buen alejandrino, era consciente de que no había avenida que la igualara en todo el mundo civilizado. Era tan ancha que en ambas direcciones circulaban cómodamente hasta tres grandes carruajes, uno al lado del otro. Por sus aceras deambulaban los alejandrinos bajo las amplias y altas arcadas de mármol y piedra. Por esa avenida se podía caminar a la sombra durante horas enteras, marchando siempre en línea recta y exponiéndose al sol tan solo al cruzar las calles. Orientada, como todas las calles transversales de Alejandría, en dirección noroeste, se encontraba expuesta a la acción de los vientos etesios, por lo que en verano se sentía siempre en el rostro la caricia refrescante de la brisa. De noche la iluminaban las farolas de aceite, que imprimían a sus suntuosas fachadas una singular belleza. (17)

Neste libro de Pedro Gálvez, xa publicado en 2004, que tenta ser unha novela, explícase o que se sabe certo sobre ela botando man da historia sobre a famosa e mítica cidade na que viviu e o ambiente cultural no que viviu: unha mestura de elementos exipcios, helenísticos, romanos e cristiáns que algúns autores afirman que morreu con ela.

 
La mayoría de los emperadores evitaron visitar Alejandría, temerosos de ser objeto de escarnio; tan solo Adriano se sintió a sus anchas en esa ciudad, y aprovechó sus estancias para embellecerla y ampliar la Biblioteca y el Museo.
Cuando un siglo y medio después, en el año 215 de nuestra era, visitó la ciudad Caracalla, las burlas acabaron en lágrimas. Aquel personaje extravagante, vanidoso y caprichoso, que no dejaba de compararse con Aquiles y Alejandro, resultó ser el blanco perfecto para los alejandrinos. A oídos del emperador llegaron las chirigotas que inspiraba su persona. Y con el pretexto de que deseaba rendir honores a Alejandría, reclutando una falange que estaría integrada por la flor y nata de su juventud y que llevaría el nombre de Alejandro Magno, convocó a los jóvenes alejandrinos a reunirse al sur de la ciudad, fuera del recinto amurallado, pero dentro del inmenso patio que rodea el templo a Sepirapis, protegido por una enorme edificación cuadrangular. Cuando los tuvo reunidos, ordenó a sus tropas que cargasen contra ellos. Los soldados masacraron sin piedad a varios miles de jóvenes alejandrinos. Caracalla contempló la masacre desde lo alto del templo. Luego declaró ante los senadores que tan culpables eran los que habían muerto como los que habían logrado escapar con vida y que viesen como muestra de su magnánima clemencia el que se abstuviese de perseguir a los fugitivos. No contento con aquella carnicería, Caracalla suspendió los juegos públicos y anuló las subvenciones que pagaba el fisco a los miembros del Museo, cerrando en la práctica el único instituto de investigaciones científicas que había en todo el imperio. (57-8)

A narración repasa tamén a vida de Teón, pai de Hipatia, ata que finalmente se centra exclusivamente na nosa protagonista, unha vez que seu pai morre e as autoridades, ante o fanatismo de Teófilo, o patriarca alexandrino, pechan as institucións públicas de ensino e investigación nas que viña traballando.

Tras la muerte del padre y el exilio de Claudio se había pasado cerca de un año sumida en el abotargamiento. Creía haber caído hasta el fondo de un abismo del que jamás volvería a salir. Se encerró en la casa y acabó dando a entender que no deseaba visitas. Trataba de estudiar, pero era incapaz de concentrarse. Los libros la aburrían. Tocar la flauta la sumía en un estado tal de melancolía, que terminó por rehuir los instrumentos músicales como si fuesen agentes portadores de la peste. Para distraerse, se pasaba horas enteras jugando a las damas con los criados, un juego que le había parecido demasiado pueril de niña. Un día envió a uno de los sirvientes a la librería del armenio para que le comprase una enciclopedia. El padre se hubiese escandalizado: tenía prohibidas las enciclopedias en su biblioteca.
Se aficionó a hojear aquel mamotreto de treinta tomos, leyendo un artículo aquí y otro allá, saltando en todo momento de un tema a otro. Llegó a enviciarse tanto con su lectura, que hizo que le trajesen toda una colección de enciclopedias. Esas obras pronto se convirtieron para ella en algo más vital que los alimentos. Las necesitaba para seguir viviendo.
Y un buen día, aún no sabía cómo ni por qué, se levantó de la cama, se miró en el espejo y dijo a su imagen: "Si el Museo ya no existe, el Museo seré yo". Luego ordenó a los criados que limpiasen el salón de música y que fuesen a encargar a un carpintero una pizarra que ocupase toda la pared del escenario, dos docenas de pupitres y un gran escritorio.
Una vez que hubo convertido el salón de música en un aula, hizo correr la voz de que Hypatia, hija de Teón, catedrática de trigonometría del instituto de matemáticas del Museo de Alejandría, reanudaría las clases que se había visto obligada a interrumpir temporalmente por causas de fuerza mayor. Los pupitres pronto se llenaron de alumnos; algunos de ellos, antiguos discípulos suyos. Y pronto pudo comprobar cuánta razón tenía el padre cuando le repetía que el mejor método para dominar una disciplina consiste en enseñarla. (192-3)

A vida social e cultural é cada vez máis minguada e marcada pola esixencias do poder ascendente, os chamados galileos. A violencia e o medo son un feito omnipresente e, neste marco, Hipatia navega cada vez máis a contracorrente. Incluso as diversas sectas galileas loitan ferozmente entre si e xustifican as súas "obras" apelando á ortodoxia propia e á herexía allea.

A la mañana siguiente tampoco pudo salir de casa. Los combates callejeros habían ganado en ferocidad. Pasaron dos días más antes de que le avisasen que la calma reinaba de nuevo en la ciudad. En la catedal de San Alejandro, Cirilo, el nuevo patriarca de Alejandría, celebraba en esos momentos una misa solemne. Era el 17 de octubre de 412. Tres días habían durado los combates. Le habían dado la victoria las huestes del abad Schenute, que dirigió en persona a sus hombres, pese a su avanzada edad, y las demás hordas de monjes de los monasterios del Alto Egipto y la Tebaida. Se avecinaban malos tiempos.
La noiticia afectó a Hypatia, pues hubiese preferido al archidiácono Timoteo, pero luego pensó que daba exactamente igual quien se encaramara el trono patriarcal: todos harían lo mismo. La nueva religión había traído también una nueva casta de pontífices guerreros, adoradores de la violencia. Jamás en la historia habían sido glorificadas de tal forma las guerras. Nunca se había apelado con tal descaro al cinismo. La sangre se le helaba en las venas cuando leía los escritos de ese tal Agustín de Tagaste del que tanto le advertían sus amigos. Nombrado obispo de Hipona el mismo año en que murió el emperador Teodosio, Agustín, en su apología de la destrucción, recurría a un tipo de deducción que recordaba a Hypatia el método de reducción al absurdo del gran matemático Hipócrates de Quíos. Lo último que había leído de él no tenía desperdicio. "Qué importancia tiene -decía- la forma de la muerte con que acaba la vida. Que yo sepa, jamás ha muerto alguien que no tuviese que morir algún día. ¿Qué se tiene, pues, en contra de la guerra? ¿Acaso el hecho irrelevante de que en ella perezcan aquellos hombres que de todos modos tenían que morir algún día?" (204-5)

A cultura helénica representaría a Europa e os novos señores representarían a Oriente, os primeiros usarían a razón e a mesura e os segundos o irracional e a desmesura. A herdanza da anterga cultura exipcia sobre a que se asentou o helenismo sería astutamente aproveitada polos galileos para poñer o pobo do seu lado. E isto nun proceso que seguramente non foi tan lineal como se narra aquí pero si o reflicte dalgún xeito.
plano de Alexandría durante os Tolomeos

Fíjate, querida Hypatia -le había dicho-, mira aquellas arcadas. En ellas proliferan las tabernas. Y en ellas se han reunido desde tiempos inmemoriales los hombres más diversos de todas las orillas del Mediterráneo. Allí han resonado voces y carcajadas, maldiciones y lamentos. Los hombres se han contado sus penas y han hablado de sus ilusiones. Y también han hablado de sus deidades. Unos a otros se contaban de sus dioses. El marinero griego ponderaba a su Afrodita, el egipcio hablaba de su Isis, el cartaginés de su Tanit y el hispano se deshacía en elogios, describiendo las bondades de sus diosas ancestrales. Y todos hacían mil preguntas, levantaban sus vasos y brindaban por las creencias de sus compañeros de mesa. El vino y la religión los confraternaban. Tan solo un grupo de personas rechazaba esos brindis y aseguraba que todas esas deidades no era más que idolatrías y que solo existía un único dios verdadero: el usyo, que para colmo era precisamente el que los había elegido como su pueblo predilecto. Sabes a quiénes me refiero. Vivían ya en nuestras tierras antes de que fuese fundada Alejandría, cuando tuvieron que refugiarse en la desembocadura del Nilo tras la caída de su capital. Y luego vino la emigración de los que buscaban trabajo en nuestro rico país y la gran oleada de refugiados que acudió tras la expulsión de sus tierras bajo el emperador Vespasiano. El problema se agudizó y desde entonces han estallado de vez en cuando algunos disturbios que han puesto a prueba a nuestras fuerzas de orden público. Nuestros guardias han tenido que intervenir con harta frecuencia en esas disputas entre hombres acalorados por el vino y la cerveza. A veces incluso hemos tenido que echar mano de nuestras legiones, como nos ocurrió en los tiempos de Adriano. Las trifulcas entre helenos y judíos han sido una constante en la historia de nuestra ciudad. Surgían por nimiedades, la mayoría de las veces por el espíritu burlón que caracteriza al pueblo alejandrino. Bien porque a los griegos se les ocurriese ponerse a comer carne de cerdo delante de las sinagogas o porque exhibiesen estatuas de figuras humanas desnudas cuando los judíos celebraban alguna de sus fiestas. A veces no eran más que chiquilladas que terminaban en derramamientos de sangre. Hemos sabido vivir con esos disturbios. Y lo cierto es que ese pueblo bárbaro se civilizó entre nosotros y ha logrado crear una comunidad que contribuye al esplendor económico y cultural de nuestra ciudad. Se integraron dentro de su aislamiento. E hicieron algo más: no trataron de imponer a nadie sus creencias.
Aquello era demasiado bueno como para que durase mucho. Una parte de ese pueblo quiso salir de la reclusión que ellos mismos se habían impuesto, y algunos de sus rabinos eruditos se aliaron con sacerdotes egipcios y se dedicaron a fabricar una nueva religión. Lo único que tuvieron que hacer fue traducir los antiguos textos. No necesitaron inventar nada: si antes habían tomado de los egipcios la idea de un dios único, ahora no tuvieron más que dar envoltura nueva a todas aquellas creencias que rodeaban la figura del faraón. Estaban allí, latentes, desde hace unos cuatro mil años. Como sé que no te interesan las supersticiones humanas y que vives en un mundo de números y cálculos, me imagino que nada sabrás de las viejas creencias egipcias en torno a sus faraones. En ellas el dios Osiris anunciaba la concepción a la esposa del faraón y le comunicaba que estaba "llena de gracia", o sea: preñada de él. La faraona alumbraba después a un niño, que era el hijo de dios. Ese dios en manifestación humana mediaba entre su padre y los hombres. El faraón era a la vez humano y divino, y tras su muerte, resucitaba para ascender a los cielos y colocarse a la diestra de su padre. El faraón, encarnación de Osiris, en tanto que dios del trigo, moría cada año y permitía así a los egipcios alimentarse con su cuerpo, que se les ofrecía en forma de pan. Y daba también a Isis una copa con su sangre, para que la bebiese y le recordase tras su muerte. la carne y la sangre del faraón se transustanciaban en pan y vino. En los rituales que rodeaban la muerte de un faraón se celebraba su resurrección y el momento en que ascendía a los cielos. Exactamente lo que celebraremos en este mismo mes el día de la pascua de resurrección. Los nuevos evangelios no son más que traducciones de textos antiquísimos. Confabulados con una legión de judíos conversos, los egipcios hacen caer ahora sobre nosotros la maldición de sus olvidados faraones. (223-5)

A historia de Hipatia remata con "el texto de la llamada Oración del ciego, una vieja plegaria egipcia de más de mil quinientos años de antigüedad" (239) e, como agasallo, o libro contén un capítulo no que se xulgan e sopesan os altibaixos que sufríu a súa figura ao longo da historia, pasando do esquecemento case total en occidente, non así na cristiandade oriental, ata un redescubrimento iniciado na Inglaterra do xviii grazas a, entre outros, estas palabras de Edward Gibbon na súa The History of the Decline and Fall of the Roman Empire (1776-88), un libro que marcou a historiografía sobre a tardoantigüídade dun xeito decisivo:

"Hypatia, la hija de Teón el matemático, fue iniciada en los estudios por su padre; sus comentarios eruditos esclarecieron la geometría de Apolonio y de Diofanto, al igual que la filosofía de Platón y de Aristóteles. En el esplendor de su belleza y en la madurez de su sabiduría, aquella joven modesta rechazó a sus pretendientes y enseñó a sus discípulos; las personalidades más ilustres, por sus rangos o sus méritos, esperaban con impaciencia el momento de visitar a la filósofa; y Cirilo contemplaba con envidia el espléndido séquito de caballos y esclavos que se agolpaba a las puertas de su academia. Entre los cristianos corrió el rumor de que la hija de Teón era el único obstáculo que se interponía a la reconciliación entre el prefecto y el arzobispo, así que el obstáculo fue rápidamente superado. En el día fatal, durante el sagrado periodo de la cuaresma, Hypatia fue arrancada de su carruaje, desnudada y arrastrada a una iglesia, donde fue salvajemente despedazada a manos de Pedro el Lector y su hueste de fanáticos salvajes y despiadados; le arrancaron la carne de los huesos con afiladas conchas de ostras y arrojaron a las llamas sus temblorosos miembros. La investigación y el justo castigo de aquel crimen fueron evitados mediante los oportunos regalos, pero el asesinato de Hypatia ha dejado una mancha indeleble en el carácter y la religión de Cirilo de Alejandría" (250-1)

GALVEZ, Pedro: Hypatia. Barcelona: Edición DEBOLS!LLO, 2009; pp. 270.

martes, 9 de agosto de 2011

eagle in the snow

Eagle in the Snow (1970) de Wallace Breem é, probablemente, unha das primeiras novelas modernas sobre o declinar do Imperio Romano.

Ficciona o acontecido en Gallia e Britannia nos anos terribles en que semellaba que o reinado de Honorius, e o Imperio, chegaría ao seu fin. Houbo un sinfín de loitas cívís e desordes e varios continxentes bárbaros primeiro traspasaron o limes no Rhin e no Danubio e logo chegaron a Hispania.

Era o ano 406 a. D. e foi unha das causas directas do final do imperio en occidente. As elites romanas nas provincias desentendíanse cada vez máis do interese común que antes os ligaba e Ravenna, onde estaba agora a capital, tiña máis e máis complicado frear esas tendencias centrífugas. Coa perda paulatina de control sobre o territorio, cada vez dispuña de menos recursos e a súa autoridade xa non se repectaba. Inda houbo homes poderosos que tentaron frear o desastre pero o mundo estaba cambiando irremisiblemente inda que eles non quixeran. A historiografía tradicional fixaba nestas datas o comezo da Idade Media.

«Pensades que son afortunado porque cheguei a vello, porque coñecín un mundo que inda non fora posto patas arriba. Ao mellor estades no certo. Como tamén vós poderiades ter sido afortunados se o xeo non tivera rachado. Non acabades de saber de que estou a falar, verdade? Ben, entón escoitádeme, e eu, Paulinus Gaius Maximus, contaréivolo».

Así comeza. Aquí podedes ler o principio e o final desta estupenda novela histórica; no orixinal inglés e tamén en galego.

sábado, 5 de marzo de 2011

los teólogos, jorge luis borges

"Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro. Ardieron palimpsestos y códices, pero en el corazón de la hoguera, entre la ceniza, perduró casi intacto el libro duodécimo de la civitas dei, que narra que Platón enseñó en Atenas que, al cabo de los siglos, todas las cosas recuperarán su estado anterior, y él, en Atenas, ante el mismo auditorio, de nuevo enseñará esa doctrina. El texto que las llamas perdonaron gozó de una veneración especial y quienes lo leyeron y releyeron en esa remota provincia dieron en olvidar que el autor sólo declaró esa doctrina para poder mejor confutarla. Un siglo después, Aureliano, coadjutor de Aquilea, supo que a orillas del Danubio la novísima secta de los monótonos (llamados también anulares) profesaba que la historia es un círculo y que nada es que no haya sido y que no será. En las montañas, la Rueda y la Serpiente habían desplazado a la Cruz. Todos temían, pero todos se confortaban con el rumor de que Juan de Panonia, que se había distinguido por un tratado sobre el séptimo atributo de dios, iba a impugnar tan abominable herejía."

Coido que recrear a época histórica non é a intención principal de "Los teólogos," incluído en El Aleph, de 1949. Sen embargo, os primeiros séculos do cristianismo como relixión oficial do imperium romanorum estiveron cheos de problemas e loitas entre as diversas interpretacións de cal era a verdadeira fé en Cristo. Cóntanse numerosas sectas e herexías: pelaxianos, arianos, monofisitas, orixenistas, iconoclastas; e na Callaecia, claro, os priscilianistas.

Os dous protagonistas, Aureliano e Juan de Panonia, loitan intelectualmente contra as herexías e entre si. A súa relación reflicte quizás as enerxías que se consumiron durante séculos con consecuencias catastróficas para a vida das persoas e dos imperios. A renovatio imperii lanzada por Xustiniano tiña un piar ideolóxico básico en cuestións relixiosas: os reis xermánicos profesaban a fe ariana e non a católica, motivo que contribuíu a agravar as diferencias cada vez máis ata a ruptura e o enfrontamento total, esgotador para todos. O éxito do Islam no século vii non foi alleo á desafección que se sentía polo poder de Constantinopla en Siria, Exipto e Africa, e nese sentimento tamén tiveron fonda influencia as cuestións relixiosas. Neste sentido o final de "Los teólogos" podería ser especialmente revelador.